Trenzas, un proyecto de igualdad a 4.000 metros de altura

Trenzas Deja Buena Huella

Las mujeres del altiplano peruano viven a casi 4.000 metros de altura. Cuenta Nuria Marín que allí arriba los problemas se escriben con mayúsculas. Natural de Madrid, llegó al país como voluntaria hace seis años, conducida por una amiga peruana. El proyecto que se encontró, iniciado hacía 25 años, daba la oportunidad de crecer a las mujeres de la comunidad de Juliaca a través de microcréditos. Desde la fundación que dirige, Mejor Igual, se unió a la formación de estas mujeres con un proyecto que denominó Trenzas, en honor al peinado que lucen las beneficiarias. Aportando su experiencia como maestra, colabora en la difusión de valores como la lectura o la educación en positivo, pero también de la igualdad y el autocuidado.


¿Cuántas personas están involucradas en este proyecto y qué perfiles tienen?

Teo Rivera es pedagogo y un magnífico profesional. Sabe captar perfectamente el perfil de su audiencia y te hace que llegues a ellas, lo que es muy difícil, porque hay mujeres muy sencillas. Giuliana Tito, que atiende personalmente a las mujeres, empezó como contable, pero ahora es como una trabajadora social. Y Mishelle Salleres , una psicóloga con muchas habilidades. Había dos personas más, pero, por la falta de recursos, ahora no trabajan. Ellos son peruanos y están allí todo el año. Yo, antes de la pandemia, viajaba todos los años un mes. Ahora hablamos por teléfono.

¿Cómo se sustenta el proyecto económicamente?

Por ahora, a través de nuestros propios fondos y del apoyo de nuestros donantes. Muchos voluntarios no quieren viajar a Perú porque es más caro que otros países. Tenemos que ver cómo conseguir otro tipo de ayudas para seguir esta labor porque, si no, vamos a morir de éxito.

¿En qué consiste vuestro programa para mujeres?

Trabajamos con las 350 mujeres de Juliaca, en la zona de Puno, cerca del lago Titicaca. Mejor Igual se unió a un programa que ya llevaba más de 25 años funcionando en el que, a través de microcréditos, mujeres sin formación y sin otras posibilidades, han ido creando sus mininegocios. En el altiplano son muy emprendedoras, siempre están negociando, y a través de la formación que impartimos, lo hacen un poco mejor. El programa es muy variado porque trata de abarcar muchos campos: desde su salud, con un chequeo anual con especial atención a la detección de cáncer de mama; a programas formativos personales, por ejemplo, hemos celebrado el día Contra la Violencia contra la mujer, que muchas de ellas sufren en casa. También programas de resiliencia, de la que ellas saben mucho; de empoderamiento y profesionales, pasa saber cómo llevar sus finanzas, cómo crear sus negocios o, ahora, cómo adaptarse a los nuevos tiempos de la pandemia. Cada año hacen sus votaciones porque las mujeres tienen su junta rectora, que dirige la organización. Sus elecciones son dignas de ver: hacen su campaña electoral, sus pancartas, sus mítines y votan. Es un día de fiesta, en el que se visten con sus trajes tradicionales. Para ellas celebrar algo es un día muy especial, porque el resto del año trabajan 12 horas diarias.

¿Qué funciones tiene esta Junta?

Cuando estuve en Nicaragua también se intentó este proyecto de microcréditos, pero no funcionó porque no devolvían el dinero. Aquí, en cambio, desde el principio se han organizado muy bien y consiguen que se devuelvan. Antes solo daban créditos para negocios, pero ahora también para temas personales, como comprarse una cama. Solo ellas tocan el dinero, se autogestionan muy bien porque conocen a su comunidad y saben quiénes tienen la capacidad de devolver el dinero. También son muy solidarias y si, por ejemplo, una cae enferma, organizan colectas para pagar los medicamentos.

Trabajan también con los niños y sus padres. ¿Qué tipo de conductas combaten?

Con los niños y familia lo hacemos a través del Plan Lector, en el que llegamos directamente a más de 1.200 niños y niñas. Formamos a más de 30 profesoras y ellas a su vez forman a los equipos de profesores de sus colegios para conseguir más impacto. Antes de la pandemia, teníamos una pequeña biblioteca en la que prestábamos los libros de lectura. Ahora, también les leemos cuentos breves que mandamos por audio. Con las familias, hacemos cursos de formación. Muchos de esos padres y madres o no saben leer o casi no lo emplean por lo que es difícil que transmitan el amor por la lectura. Así que en los talleres que les damos les explicamos algunas de las técnicas de lectura que empleamos con sus hijos, hablamos de sus libros, les pedimos que los niños y niñas les lean en voz alta. Pero también les hablamos de cómo educar, haciendo especial hincapié en evitar los malos tratos, como chillidos o golpes. También vienen grupos de profesores, de todos los niveles educativos, que tienen muchas ganas de formarse, y son muy participativos. Con ellos, aparte de los talleres que damos con las familias, tratamos temas de ámbito pedagógico.

Estos programas abarcan también a adolescentes. ¿Cuáles son los problemas más habituales?

Hay un programa en el que acuden al centro y, tras ver una película con trasfondo educativo, se trabaja al respecto. Este cine fórum tiene mucho fondo porque se implican de verdad. Otros temas recurrentes son la sexualidad, cómo prevenir el embarazo precoz, que en Perú es un serio problema; o sobre el enamoramiento, en el que se trabajan las actitudes machistas o la percepción idílica del amor; el acoso escolar; la desconfianza hacia aquellos que no conoces en las redes… Si en España es un problema, en Perú, donde hay casos de tráfico de niñas, se vive todavía más intensamente. En estos dos años que no hemos podido viajar hemos mantenido reuniones a través de Zoom.